Septiembre 2012


Tu sangre corría entre mis manos. Sabías que nadie habría podido escucharte gritar. Mi cuchillo dibujaba caminos atravesando la piel y carne de tu cuerpo sin vida que se encontraba en el suelo. La sangre cubría el piso con mucha velocidad y podía sentirla mojándome, acariciándome las piernas mientras seguía sentada junto a tu cadáver. Dejé el cuchillo a un lado, mi mano recorrió la superficie líquida, rozándola apenas y luego desparramándola más, dibujando con ella sobre mis muslos, manchando lo que me quedaba de ropa. Sujeté el cuchillo nuevamente, mientras la sangre seguía avanzando y mi ropa mojándose. Volví a introducir el filo desde el centro de tu pecho ya abierto y bajé por tu abdomen. Volví a dejar el cuchillo y una de mis manos se deslizó por tu cuerpo, amado mío. Besé tus labios y ambas bocas mancharon de sangre a la otra. Puse mi mano en tu mejilla, mirándote con ternura; bajé lentamente, pasando primero por tu cuello, tus clavículas y tu pecho, ya desgarrado por el filo del cuchillo, para dejar que finalmente mis dedos poco a poco se adentraran en tu carne y se hundieran en la sangre. Metida debajo de tu piel jugué con mis manos y las retiré únicamente para llevarlas hasta mi rostro y cubrirlo de lo último que quedaba de vos: tu sangre.
Me aseguré de haber cubierto todo mi cuerpo y me senté arriba tuyo: quería que vos también estuvieras cubierto de mi. Sujeté por última vez el cuchillo y como había hecho con vos, lo clavé en mi pecho. Haciendo un esfuerzo por no desmoronarme cubrí tu cuerpo con mi sangre y mientras ambas se mezclaban en el piso me acosté a tu lado. Ambos dormiríamos para siempre, arropados por el otro.

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