Septiembre 2012


No hacía falta que nos detuviéramos. Las drogas que habíamos estado tomando habían surtido efecto. No lo pensamos dos veces. Luego de que lo propuso, los tres nos dispusimos a subir al auto y todo lo demás fue confuso.
Ella había dado la idea, pero se excusó, terminando por decidirse a esperarnos en el auto. Él y yo avanzamos hacia la puerta, con la adrenalina cegando nuestros pasos y pensamientos.
Tocamos la puerta, explicamos la relación de mi madre (que ahora esperaba en el auto) con esta señora, recordándole que había sido ella quien la había cuidado este último tiempo, 'sólo venimos por sus cosas', recuerdo haberle dicho para tranquilizarla.
Entramos, estuvimos ahí lo que luego mi madre me dijo habían sido casi dos horas. La adrenalina se sentía igual de fresca que cuando recién habíamos bajado del auto.
La señora nos invitó jugo y galletas, y hablamos los tres aunque no recuerdo tampoco sobre qué, hasta que empezó a hablar de mi madre. Era una señora muy grosera ella, grosera y arrogante, y no dudé en pararme con intención de objetar.
La adrenalina subió como si hubiera aspirado otra de esas deliciosas líneas blancas.
La señora no cedió y enfrenté el momento que habíamos estado esperando, la razón por la cual estábamos ahí: robarle el anillo a esta vieja adinerada para luego venderlo y sacar provecho de su maltrato hacia mi madre el último tiempo.
Sus manos intentaban alejarme de ella y no dudé usar más fuerza. Me saqué el cinturón y lo amarré al rededor de su cuello. Al instante lo escuché a él, atrás mío, y sus manos comenzaron a presionar fuertemente también el cuello de la señora. Quizá fue ahí cuando tuve un primer vislumbre de lo que estaba pasando: la estábamos estrangulando.
Intentando silenciar la garganta que no dejaba de resistirse y gritar vi como el filo de un cuchillo se abría paso bajo el cuero firme del cinturón, y luego: sangre.
No se en qué momento buscó el cuchillo, ni cómo le abrió la garganta, pero luego de eso finalmente dejó de retorcerse.
Él corrió rápidamente a ver por las ventanas, en caso de que hubiera habido algún vecino cerca que pudiera haber escuchado algo. Yo agarré el anillo de la mano sin vida de la señora degollada, tirada en el piso empezando a perderse en su propia sangre.
Intenté lavarme las manos, pero la sangre no salía. Desesperada abrí más la canilla y me las froté con más fuerza, aunque parecía inútil.
Me apuré a salir de la casa y entramos los dos rápidamente en el auto.
Mi madre no entendía qué pasaba, porqué estábamos cubiertos de sangre. Le negué haberme lastimado cuándo me preguntó, y creo que lo entendió entonces, ya que todo lo demás fue silencio.
Llegamos y me duché en el motel. Recién ahí comencé a darme cuenta de dónde estaba, qué había hecho, qué había pasado.
Vendimos el anillo sin problemas y dividimos el botín. Él se fue al interior del país, donde creo que tenía conocidos. Mi madre se quedó.
Yo me fui también por mi cuenta, aunque no estaba muy lejos cuando, luego de haber entrevistado dos veces a mi madre, ella aceptó a qué destino había enviado a su hija de 22 años y su (ahora ex) novio de 19.
Había tomado todo tipo de precauciones para que no dieran conmigo. Me cambié el nombre, la nacionalidad y la edad, hasta corté mi cabello y lo teñí, pero no era eso lo que me delataba. Simplemente buscaron a quien tuviera la mirada perdida en el rojo manchando un piso limpio, quien no soportara el silencio que siempre parecía sospechoso, a quien no pudiera lavarse nunca la sangre de las manos, y me encontraron.

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