Octubre 2012
Él era un escritor como cualquier otro. A veces se le ocurrían ideas maravillosas, otras veces no. A veces esas ideas se volvían inservibles con el tiempo o las ideas inservibles se volvían maravillosas y a veces no.
Él era un escritor como cualquier otro y, como cualquier otro escritor, se sentía solo. Es una soledad distinta la de los escritores, misteriosa y generalmente incomprensible, sobre todo para ellos mismos. Sería quizá por lo reducidas que sonaban las ideas en palabras comparándolas a los mundos en sus mentes, quizá vivir tanto tiempo en la fantasía hacía la realidad siempre insatisfactoria, quizá las palabras serían siempre menos que sus ideas pero más que la realidad, quizá sólo él se sentía solo. Pero nada de eso le importaba.
Es que eran esas voces, las de su máquina de escribir, las que llenaban su mente, las que lo llevaban a donde en realidad vivía, lo más cercano a la compañía en su soledad, su consuelo, su amante, sus hijos, su hogar, su prisión y libertad; su vida, sus vidas, miles y miles de vidas que existían únicamente en palabras silenciadas; eran esas voces, las que él escribía, lo que lo hacía ser un escritor como cualquier otro.
(A fin de cuentas, todos los escritores están juntos en eso de estar solos)
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