Agosto 2012


Cada escritor tiene un pequeño señor o señora en su cabeza. En mi caso su nombre es Beto, Beto Gómez (o así es como me hace llamarlo). Y es el encargado (como todos los señores y señoras que trabajan en la mente de los escritores) de decidir cuándo desenrollar el caprichoso hilado de pensamientos y sentimientos que luego se grabarán en tinta en un papel o serán tecleados por la electricidad casi automática que le mandan a nuestros dedos.
Estos señores y señoras, son los verdaderos escritores. Nosotros, en realidad, somos no más que el nombre artístico que usan cuando deciden honrarnos con su aparición.
Tan sólo somos la cara del producto, el marketing de los señores y señoras de Mantolia. En este mundo, su mundo, ellos viven y conviven y el idioma es sólo uno: Mantolés. Ellos lo traducen según qué humano canalice su ser en palabras, (insulsas en comparación a la verdadera esencia de los Mantoleses, pero) preciadas y hasta admiradas entre nosotros, los inocentes títeres que creemos que una idea es algo de lo que uno puede ser dueño único.
Mantolia es muy amplia, como el universo mismo, pero todo está al alcance de las manos de los Mantoleses si lo desean. A veces, mientras no estamos escribiendo, ellos viajan dentro de Mantolia a mentes de personas de distintas partes del mundo en un pestañeo, compartiendo e intercambiando ideas con otros Mantoleses y de repente, ¡una idea viene de la nada! No, no de la nada, de Mantolia y sus habitantes.
Y así, cuando ellos lo creen apropiado, te indican que agarres papel y lapicera, o te acerques a una computadora, o improvises con lo que tengas cerca, y vos lo sentís, sabés que son ellos invitándote a su manera, a que pasees por Mantolia.

Beto Gómez

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